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SINALOA  

Jornaleros, braceros en su tierra

Carmen A. Guerra
Los bunkers de los patrones agrícolas ostentan pisos de mármol que contrastan con los galerones de pisos de tierra suelta de los jornaleros

 


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Lo mismo fue ayer que hoy. Los trabajadores agrícolas del país emigran de sus lugares de origen para deambular de cultivo en cultivo en Sinaloa, viviendo entre promesas incumplidas e incertidumbre laboral.

No abandonan sus jacales por gusto; las artesanías apenas les dejan para malcomer con todo y su gran valor artístico; con mayor razón ahora que China las clona para venderlas en serie.

Son braceros en su patria. Son expulsados de su hábitat porque el gobierno federal y los estatales no aplican políticas efectivas que promuevan el desarrollo en las zonas indígenas del país; y ante la falta de alimento y servicios de salud, emigran.

Sin la posibilidad de reafirmar su identidad, al sustraérseles el derecho a practicar sus costumbres y su propio idioma y sin la dignidad de vivir de su trabajo como personas, hoy miles de mexicanos enfrentan una amenaza: ser expulsados de sus tierras y convertirse en maquiladores por la aplicación del Plan Puebla-Panamá.

En su tránsito por el trabajo llegan a Sinaloa, parte de su vida de explotación y menoscabo.

En agosto llegan los primeros y comienzan a mezclarse, a regañadientes, con otros jornaleros de Oaxaca, Guerrero, Michoacán y Veracruz. Así, las costumbres y tradiciones de los purépechas entrarán en contacto con totonacas y las familias sinaloenses que cohabitan en las empobrecidas colonias.

Sus patrones sintetizan en una frase ese sincretismo: “no se hallan unos con otros, son tan distintos”. Sí, son distintos y sólo los identifica su extrema pobreza y marginación.

Ya están aquí y empieza la violación de sus derechos humanos. Jornadas que se inician a las 6 o 7 de la mañana y que concluyen al ocultarse el sol. La paga es de 40 pesos diarios o 60 si hacen doble jornada.

El sol de medio día cae a plomo sobre sus cabezas cubiertas con cachuchas los hombres, con sombreros y rebozos las mujeres, niños y niñas. Sus atuendos son parte del “folklore”, que sólo deja al descubierto sus ojos con una mirada larga, sin futuro.

Por cinco o seis meses tendrán garantizada la comida en los campos de tomate, chile bell (campana), berenjena, calabacita, ejote y otras legumbres que serán exportadas a Estados Unidos, su principal consumidor.

Tras la extenuante labor de siembra y cosecha, la paga no siempre es en dinero. En su primera raya reciben un vale para la tienda que el patrón le da en concesión al mayordomo, al compadre o al amigo y que pomposamente llaman “cooperativa”.

En estos campos de cultivo se detuvo el tiempo que ilustra aquella gastada frase: “diez de la cobija y de la cobija diez, son veinte”.

Agotados por la jornada, todos caen como fardos en el piso cubierto con cuiltas, petates o cobijas en cuartuchos de tres por tres en los mismos galerones de lámina negra de hace veinte, diez años, y en donde el olor fétido de las letrinas invade el espacio en los campos agrícolas. Las estufas sólo se alimentan cuando el jornalero paga el gas.

Ritual de contratación

La escena de reclutamiento es idéntica cada temporada. Llega la troca a reclutar gente y desde el altavoz lanza su prédica que encubre el engaño: “casa, salario, pasaje de ida y vuelta, atención médica y medicinas”.

Escuchan los urgidos, se alistan y cierran el jacal. “Ahí le encargo compadrito, lo que pizque del maicito me lo guarda. Las calabacitas y las sandías se las pueden comer, ya sabe compadrito, ustedes y nosotros somos lo mismo: le dejo la llave del candado y de la cadena del cerco, cuide que no se metan los animales, si no, ni calabazas ni que ocho cuartos.

“De usted depende compadrito. Dejamos enrollados los petates que están comenzados, si ocupa alguna olla la comadre por aquello de las posadas, no vamos a estar aquí puede ocuparlas p'al atole o pa' los tamales. Es como si fuera su casa compadrito.

”Me llevo a la vieja y a mis cuatro hijos. Ya ve que las dos mujeres están en la edad de merecer, no las voy a dejar aquí porque de regreso seguro va a haber algún acomedido.

“Bueno, compadrito me despide de la comadre, de las legumbres le vamos a seguir pa' la uva, así que a la vuelta a ver si alcanzamos a hacer un cuartito y terminamos el portal si entre todos guardamos algo, ya ve la vida tan cara….”.

Como siempre, abordan los camiones cargados de ilusiones: casa, salario, pasaje de ida y vuelta. Ayer, como hoy, antes que el libro Tomate amargo, que contiene una y cien denuncias periodísticas y una acuciosa investigación de los contrastes, los campesinos pasarán delante de casas con pisos de mármol, candiles europeos y cocinas integrales de cedro que constituyen verdaderas fortalezas para albergar a los patrones.

Los hijos de los agroindustriales estudian en colegios del Opus Dei, viajan al extranjero -usualmente a Estados Unidos- en donde están los consumidores gringos del tomate, del pepino, del chile bell, de las berenjenas y de la calabacita. En fin, de las legumbres que produce el pródigo suelo sinaloense, al que los jornaleros hacen parir hasta doscientos por uno a golpe de fertilizantes y de pesticidas.

Los jornaleros llegan a los campos listos para laborar. Su traslado desde los “albergues” es, en contadas ocasiones, en camiones con asientos. Generalmente se usa el batey o camión en pésimas condiciones que derrapan en el camino y van al canal, por ello cada año hay que lamentar no pocas muertes.

El sol de estas tierras no engaña. Es ardiente y siempre, cayendo sobre las espaldas y cabezas cubiertas con rebozo, o un raído sombrero que escasamente deja ver los ojos.

Y allí van, primero escarbando los surcos paso por paso, sin perder el ritmo. Encorvados, sacan la planta del balde y la introducen en la tierra a la que ya hicieron el hoyo con un taquete el hoyo. Cuando el calor aprieta llega “el aguador” con el balde y un guaje con el que toman todos.

Vivir contaminado

Para que la fruta pase sin problemas del campo sinaloense a la mesa del consumidor extranjero ahora hay nuevos agroquímicos que siguen siendo tóxicos Los trabajadores aplican estos venenos sin protección, sólo un paliacate cubre su boca y nariz.

“Les compramos mascarillas y mandiles gruesos para protegerlos, pero ellos no se ponen nada porque dicen que les estorban” justifican capataces y patrones. Se les pide que exhiban ese equipo y su respuesta es que están en la bodega y no tienen la llave.

Son muchos los casos de intoxicaciones que, cuando son graves, van al hospital. En el Seguro Social, la doctora Chaín denuncia que por la exposición a esos productos se registran leucemias, muertes prematuras de niños y adultos sobre cuyas cabezas pasan los aviones fumigadores.

Se atienden los efectos de esas sustancias pero no se previenen las causas. Ante los cánceres dérmicos que ya son un caso de salud pública, aparecieron en la entidad grupos como GANAC que buscan fondos para adquirir los costosos medicamentos del largo tratamiento.

Mientras tanto, no hay prevención y los jornaleros y sus familias siguen bañándose y lavando su ropa en canales contaminados por pesticidas. En esa lógica ecocida, no existe un cementerio para los envases de los productos tóxicos y en ocasiones sólo se arrojan en basureros.

Estudios del Instituto Nacional de Pesca detectaron alta concentración de plomo por infiltración en las bahías, particularmente en el campo pesquero El Castillo. Eso fue entre abril y mayo pasados y tras la alarma inicial, hasta ahora los investigadores no han rendido un informe que prevenga el consumo de pescado o mariscos procedentes de ese lugar. Tampoco se estableció una medida preventiva.

Pese a la insistencia por instalar consultorios médicos en los campos de cultivo, éstos son inexistentes y en la temporada de fumigaciones se incrementa el número de afecciones en vías respiratorias y enfermedades gastrointestinales.

Más de lo mismo

En la época de desarrollo, se clavan estacas para que las plantas no se arrastren. Ese es un trabajo que realizan los hombres, expertos en hacerlo pues si se doblan las plantas, significaría pérdidas para el patrón.

En tiempo de cosecha, los jornaleros provistos de tijeras inician el corte de las legumbres y el acarreo al batey. Esta labor la realizan mujeres y niños, llenan el balde y van y vienen balanceándolo de la plantación a la troca.

A orillas de los campos hay dos o tres corralitos en los que defecan. En la mayoría de los campos se carece de agua potable, no hay higiene y por ello abundan las infecciones, las fiebres tifoideas.

En 1988, escribí el libro Tomate Amargo con el luchador social Rubén Rocha Moya, basado en reportajes acerca de los abusos que se cometían contra los jornaleros. En una de las giras del entonces presidente, Carlos Salinas De Gortari, uno de los líderes indígenas puso en sus manos un ejemplar.

Paradójicamente, ahí comenzó el apoyo, no a los jornaleros, sino para que los patronos mejoraran los albergues. A casi veinte años, la situación no ha cambiado, siguen los explotados.

El albergue digno, la atención médica y medicinas, el salario y el apoyo para el pasaje sólo son falacias. Cuando los jornaleros requieren atención a su salud, el mayordomo decide si les entrega órdenes para ir a consulta a las clínicas del Seguro Social cercanas a los campos.

Como en un campo de concentración, los jornaleros no están inscritos por sus nombres ante los patronos. Se les asigna un número de acuerdo con el número de hectáreas que han sembrado.

El costo del transporte se les descuenta de su pago semanal y cuando termina la temporada de trabajo, empieza su Vía crucis pues la empresa no se responsabiliza de su regreso.

Tampoco da seguimiento de su búsqueda por otros campos de trabajo en los que continuarán, ya sea pizcando algodón o en el corte y empaque de la uva, del dátil o de otros productos.

Cómplices corporativos

En muchos campos agrícolas de Sinaloa los trabajadores son contratados si poseen credencial de la CTM o de la CROC. Esas organizaciones sindicales, les venden las credenciales garantizándoles que por estar afiliados tendrán seguridad aunque en cuanto se suscita un conflicto laboral desaparecen.

Cuando un jornalero muere por accidente dentro de su trabajo, la empresa no se hace responsable porque no existe el precepto laboral considerado “pago de marcha” que sólo se contempla en caso de que hubiesen sido inscritos en el IMSS.

En ese esquema de complicidad, tampoco la Secretaría de Salud inspecciona los campos, y cuando lo hace sólo emite recomendaciones, no aplica sanciones por las condiciones infrahumanas de las viviendas o por la riesgosa aplicación de agroquímicos.

“Son golpes de calor” declaró en una ocasión el titular de Salud en el Estado. Tampoco la Secretaría del Trabajo vigila el cumplimiento de un horario establecido por la ley.

Los jornaleros apenas reciben el salario mínimo y dobletean su jornada para ganar un poco más hasta agotar sus fuerzas. Todos ellos carecen de un contrato que defina su horario, condiciones de vivienda y descansos; su asignación es sólo de palabra.

¿Habrá que esperar otros 10, 20 o 30 años para que las empresas cumplan lo que les prometieron al engancharlos? ¿Hasta cuándo seguirán trabajando los menores en las arduas labores del campo?

 

Publicado: Noviembre de 2005



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