Juan Manuel Pineda Los directivos de Los Dorados acabaron con el espectáculo deportivo y así, atentan contra las expectativas socioeconómicas de la región.
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Hace apenas un año en el noroeste del país -particularmente en Culiacán la capital del estado- todo era euforia: Los Dorados debutaban en la primera división nacional del fútbol profesional mexicano. Hoy, el gozo -y el negociazo-, están a punto de irse a pozo.
Varios son los desafíos que se le presentan a esa organización futbolística estatal:
En lo deportivo, dos torneos cortos en el 2004 -y lo que va de la apertura 2005-, han sido extremadamente complicados, compitiendo siempre al “filo de la navaja”, porque no logran salir de la zona de alto riesgo en la tabla por el no descenso.
En lo económico, cien millones de pesos -valor aproximado de la franquicia por ascender al máximo circuito del balompié-, están a punto de irse prácticamente a la basura si el equipo bajara a la segunda división.
Pero más allá del riesgo económico para los inversionistas, el eventual descenso de Los Dorados impactará negativamente en diversos rubros del quehacer socioeconómico en la región, principalmente en la capital sinaloense.
La creación de esta plaza en el fútbol profesional mexicana, tuvo un efecto multiplicador tanto en lo deportivo-recreativo como en lo socioeconómico, sin soslayar la utilidad política que en su momento redituó y lo sigue haciendo, aunque ahora en menor escala.
Apenas el 13 de julio del 2003 los inversionistas Valente Aguirre -hoy propietario de los Pioneros de Tijuana de la primera “A”- Eustaquio de Nicolás y Juan Antonio García anunciaron la compra de la franquicia Cihuatlán de la división de ascenso para crear el equipo Los Dorados de Culiacán que generó múltiples expectativas con sobrada razón.
Entonces se creó la empresa Promotora Tres Ríos, S.A. de C.V. una denominación que en un año cambió a Estadios de Sinaloa, S.A. de C. V. y el negocio iba “viento en popa”.
Con apoyo del gobierno estatal para un beneficio social con perspectiva deportiva y recreativa, se construyó un moderno estadio en el Desarrollo Urbano Tres Ríos un exclusivo sector comercial y habitacional de la capital sinaloense.
El estadio “Carlos González y González” -denominado así en memoria del concesionario cervecero que dio gran respaldo al fútbol amateur-, se construyó en un tiempo récord de dos meses con una inversión de 55 millones 238 mil 236 pesos, y un aforo inicial para catorce mil aficionados.
Está concesionado por quince años, con el aval del Congreso del Estado a la empresa Estadios de Sinaloa, S.A. de C.V.
Autogol
Campeones del torneo de apertura 2003 y subcampeones en el 2004 obtuvieron también el derecho de buscar un sitio en la primera división nacional.
Provenía de una región en la que el béisbol es una rica tradición y naturalmente fue sorpresa en el ámbito nacional en que el negocio del balompié profesional predomina liderado por las dos cadenas televisivas más importantes del país.
Sin embargo, la euforia por el éxito inicial de Los Dorados de Sinaloa, ha venido a la baja.
Paradójicamente, la llegada del equipo a la máxima división del fútbol nacional genera ahora desencanto deportivo y la “gallina de los huevos dorados” agoniza.
Las causas de la “caída libre” de Los Dorados tienen rostro y nombre: Valente Aguirre, Eustaquio de Nicolás y Juan Antonio García. ¡Sí, los accionistas!
Valente Aguirre un empresario de la construcción, propietario de la mayoría de las cartas de los jugadores y con el 45 por ciento de las acciones del club, decidió hacerse a un lado en cuanto el equipo ascendió por no estar de acuerdo en la forma en que se pretendía manejar el negocio al subir el equipo a la primera división.
Aunque se le atribuye el mérito de formar al equipo para subirlos a la primera división -hoy se le reclama que sólo buscó vender las franquicias para obtener jugosas ganancias-.
Aguirre era pieza clave en el engranaje en el Club Dorados por su real conocimiento del fútbol. El empresario había logrado el ascenso de equipos como Unión de Curtidores, León y La Piedad, sentó buen precedente por conocer las “tripas” de negocio.
Ahí empezó la debacle.
Eustaquio de Nicolás el otro empresario también es constructor y aunque posee otro 45 por ciento de las acciones es neófito en asuntos del balompié. Delegó su confianza y avaló las decisiones de Juan Antonio García un restaurantero de León, Guanajuato con participación del diez por ciento en las acciones del club y cuyas medidas han hundido lenta, pero inexorablemente a Los Dorados.
La empresa de Eustaquio de Nicolás es Homex y el año pasado figuró en la lista del influyente periódico financiero estadounidense The Wall Street Journal como la vigésima primera en la Bolsa de Valores de Nueva York e inexplicablemente -al menos para la opinión pública- figura como accionista mayoritario de la empresa Estadios de Sinaloa, S.A. de C.V. en la que dominan los problemas económicos.
La víspera del torneo de apertura 2005 la directiva de Los Dorados enfrentaba serios problemas para pagar los salarios de sus jugadores y acreditó una deuda millonaria con diversos proveedores.
En ese marasmo administrativo y deportivo, la figura central ha sido y es Juan Antonio García a quien se atribuye gran proclividad a las mentiras y a un protagonismo tan enfermizo como estéril para la empresa que detenta a Los Dorados.
El caos se tradujo también en lo deportivo. Los Dorados no logran consolidarse por la falta de planeación que prevalece en la directiva. De igual manera, la falta de visión de corto, mediano y largo plazo, generó decisiones absurdas como desmantelar al equipo en lugar de fortalecerlo para cada torneo.
Una prueba es que del plantel que evitó el descenso en el torneo anterior, con una impresionante racha de victorias, sólo restaban seis jugadores titulares y de éstos a la fecha, sólo están cinco.
Se contrató a jugadores extranjeros sin la calidad requerida y que permanecen en la banca en obvio beneficio para la competencia. Tal fue el caso en el 2004 de Valdir Papel “Arlindo” -quien no jugó ningún minuto- y el argentino Cornejo.
Esas decisiones fallidas se reeditan ahora con Jonathan Favor, Tambussi y Bomvín.
El colmo del desatino fue la contratación del actual director técnico, el español Juan Manuel Lilllo a quien el directivo Juan Antonio García -según su propia declaración- “conoció” por un libro.
Lillo sustituyó a Carlos Bracamontes el director técnico que salvó del descenso a Los Dorados en el torneo anterior.
Pero en el fondo de estos traspiés de los directivos que no sólo arriesgan su inversión, radican las expectativas de miles de personas simpatizantes de ese deporte, principalmente la afición de Culiacán que ha cifrado sus esperanzas en el éxito del fútbol profesional de su equipo.
La posibilidad del espectáculo como recreación pierde fuerza ante las decisiones incomprensibles de la directiva y aleja cada vez más a los aficionados del estadio.
La merma en el ámbito recreativo se repite en todo el renglón socioeconómico sinaloense. Actividades diversas que, como el fútbol profesional debieran estimular ramas económicas como la hotelería, el transporte, la gastronomía y el comercio por generar miles de empleos, ven reducidas sus expectativas de fortalecimiento ante los magros resultados no sólo deportivos sino por carecer de una política deportiva estatal.