Jóvenes de Culiacán juegan a ser sicarios con réplicas de armas de alto poder.
Como deporte ‘extremo’ juegan a ajusticiar a personas y cometen delitos reales
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Provistos de armas que sus padres consideran juguetes, pero que en algunos casos son auténticas réplicas de armas de alto poder, decenas de jóvenes de Culiacán hacen de la agresión una diversión. Se preparan en centros de tiro al blanco en lo que los especialistas consideran una deformación más de la sociedad sinaloense.
Octavio López Valenzuela, director de la Policía Municipal, reconoce que este fenómeno comenzó a manifestarse hace ya varios meses, y que recientemente se ha convertido en una expresión realmente peligrosa porque las autoridades han logrado detener a algunos jóvenes que cometen asaltos a personas y a comercios con este tipo de armas.
Después de visitar varias de las tiendas en las que se expenden este tipo de armas conocidas como “Gotchas”, se pudo constatar que se venden sin que los comerciantes les soliciten a los compradores el más mínimo requisito: (confirmar que sean mayores de edad, llevar alguna encuesta sobre el uso al que se encaminan o, simplemente, confirmar que no se utilicen para fines delictivos).
Todas estas armas simuladas como juguetes se venden en el comercio de Culiacán y otras ciudades de Sinaloa, sin ningún control porque no está prohibida su comercialización.
Las últimas piezas que en estas fechas inundan algunas de las tiendas sinaloenses, son tan parecidas a las armas reales que incluso se logró detectar un rifle cuyo precio, de seis mil pesos, indica el grado de perfección en la similitud al arma original.
Impunidad garantizada
La tendencia de cometer delitos con estos símiles se comprueba con la cifra de detenidos por las autoridades locales. Cada vez con mayor frecuencia llegan, a los separos de la Policía Municipal, jóvenes detenidos que fueron reportados por ciudadanos que sufrieron alguna agresión en la vía pública de Culiacán, presuntamente con armas de fuego.
Al comprobar el arma del delito, se confirmó que no era de fuego, sino un símil que se adquirió como inocente juguete.
Obviamente, para el poder adquisitivo de los delincuentes, es fácil comprar aquí en el estado o importar desde Estados Unidos, un juguete que por la módica cantidad de 300 pesos, les permite asaltar y, en caso de ser atrapados por la Justicia, disfrutar de la libertad en poco tiempo porque no se les comprueba el uso de armas de fuego.
López Valenzuela admite que a esos jóvenes sólo se les pone a disposición del Tribunal de Barandilla, no son remitidos al Ministerio Público, en virtud de que la posesión de armas de juego no está considerada como un delito.
Para Martín Meza Ortiz, diputado priísta e integrante de la Comisión de Seguridad del Congreso del Estado, este asunto debe ser materia de análisis, “porque supone la existencia de una actitud complaciente de algunos padres de familia que pretenden llenar los vacíos de afecto con cuestiones materialistas”.
Tomando en consideración el daño físico y psicológico, que con seguridad ocasionan en sus víctimas, el legislador por el municipio de Badiraguato consideró como imperativo exigir a los comerciantes que lleven un registro sobre los compradores de ese tipo de juguetes.
De igual manera, Tomás Guevara Martínez estudioso de las manifestaciones de la violencia en Sinaloa, desde 1998, coincide en considerar que el hecho de que los jóvenes porten estos “finísimos y carísimos juguetes, es una muestra de la falta de valores y de normas sociales que vivimos en Sinaloa”.
El profesor investigador adscrito a la Facultad de Psicología de la UAS, estimó que con esa nueva modalidad del crimen en la entidad, “el gobierno está siendo rebasado por este fenómeno, porque lo ha dimensionado de manera equivocada al considerarlo un problema administrativo, cuando en realidad se trata de un problema social que no está considerado en la legislación”.
Guevara Martínez observó que además de jugar a “dispararle a otros jóvenes”, los “juniors” también acostumbran jugar a los ajustes de cuentas, a las venganzas y hasta a los “levantones” que se practican con muñecos de tamaño y forma muy semejantes a los humanos, además acostumbran arrojarlos envueltos en cobijas, en diferentes zonas de la ciudad.
Entre quienes que hacen esto, puntualiza Guevara, hay una ausencia total de proyectos de vida, “para ellos no hay otra cosa que vivir el presente y hacer de la violencia un deporte extremo”.