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SINALOA  

Huracán Lane más miseria

Carmen Aída Guerra Miguel
La imagen dantesca de las secuelas del meteoro dejó a la población petrificada, impotente, con su patrimonio destruido. La resistencia para declarar la región como zona de desastre permite a la rapiña apoderarse de la ayuda a los damnificados quienes perdieron más de dos mil viviendas y todo su patrimonio

 

 

 


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El huracán Lane con una furia de 250 kilómetros por hora arrebató bienes materiales, vidas humanas, bienes patrimoniales, y también dejó a su paso numerosos perjuicios que tardarán tal vez años, por la burocracia lamentable de las autoridades, de recuperar.

Actas de nacimiento, certificados agrarios, credenciales de elector, documentos y útiles escolares fueron arrastrados por la furia de los vientos y el agua. A ello se suma el daño psicológico causado por la pérdida total de muebles y enseres.

A varias semanas de que el huracán sacudió con saña a comunidades, primordialmente las enclavadas en el valle de San Lorenzo, se observan más de dos mil viviendas destruidas por la fragilidad de sus materiales; otras mil 200 resistieron a pesar de que la corriente del arroyo de Jacola las inundó por encima de un metro, a pesar de que sufrieron graves daños. Son tales las secuelas del agua, que cuando la gente regresó a sus viviendas, con lagrimas en sus mejillas, vieron que nada podían rescatar, apenas la poca ropa que sacaron cuando salieron a volapié antes de salir.

Esa imagen dantesca que dejó a la población petrificada, impotente, con su patrimonio destruido, les causó un impacto que no logran asimilar. Desesperados, sin saber por donde empezar a reconstruir sus vidas, los damnificados veían llegar la ayuda realmente raquítica aunque muy valiosa: agua y comida.

Comunidades en las que el servicio de agua y luz tardó más de dos semanas en restablecerse, y que carecían de un lugar para dormir, observaban sus destruidos colchones, imposible de recuperar. Sin sartenes en qué cocinar, todo frío, todo impersonal y ni un hombro en que recargarse para llorar tanta tragedia.

En la comunidad de Estación Obispo, la gente exigía ser escuchada: “Venía de regreso de la labor, de prisa, con mi niño de cinco años abrazado, cuando llegó aquel viento que no dejó árbol en pie, sólo Dios. Como vi que no podía seguir caminando hasta la casa, me detuve, y mire usted, con mi niño apretado entre mis piernas, yo acuclillado, con el cuerpo y la cara todos enlodados. Sentía en momentos que el huracán me iba a arrebatar a mi hijo, y yo gritaba, rezaba ¡Señor, en qué te hemos ofendido! ¡Perdónanos! ¿Cómo nos mandas este horror? Fueron dos horas que me parecieron siglos, y cuando todo pasó, mi hijo llorando, moreteado por los apretones que le di. Le dije, hijo, vamos dando gracias a Dios porque salimos vivos de ésta”.

Y los testimonios se repiten. En otra casa, el velorio: “le dije a mi viejo, bájate, deja el techo en paz, pero él se atercó y aunque se amarró para no caerse, el huracán se lo llevó con todo y poste. Y hubiera vivido pero lo azotó contra el piso, mis hijos vieron como lo agarré de las piernas y me gritaban: ¡no lo sueltes mamá!, pero ya no pude más, se me resbaló de las manos y voló. Es algo terrible que no podremos olvidar”.

Los muchos que se negaron a abandonar sus casas, por poco y se ahogan. El agua del arroyo subió arriba de un metro arrebatando ventanas, puertas, y todas sus pertenencias. Al regresar a sus casas en Jacola, Pueblos Unidos, Estación Obispo, Higueras de Abuya, Bayla, Casa Blanca, El Guayabo, Ejido 5 de Febrero, Marcelo Loya, Nicolás Bravo y El Salado, no creían lo que veían sus ojos.

"No nos quedaba nada, nadita de nada de lo poco que habíamos podido adquirir, ni la lavadora, ni el ropero, ni sillas, ni camas, ni sábanas, nada, absolutamente nada. Las bodegas donde teníamos resguardado el maíz volaron por los aires, las láminas que quedaron prendidas, igual que las torres de la Comisión Federal de Electricidad, retorcidas, como si fueran de cartón. Ni un sólo poste de la electricidad quedó en pie, con todo y que los trabajadores de la CFE trabajaron de noche y de día seguía la oscuridad de las noches. ¡Todo el esfuerzo de tantos años! sin poder decir me llamo Jorge y aquí está el acta de nacimiento que comprueba que yo soy yo”.

En todos lados se repite la letanía: “es una tristeza larga, muy larga.....Ni siquiera poder dormir, ni poder cocinar, ni ropa con qué cambiarse, ni agua para tomar mucho menos para bañarse. Los zapatos nadando en el lodo”.

El desastre ocurrió en las sindicaturas de Quilá, Tabalá, Oso, El Salado… en fin, todo el valle de San Lorenzo.

Cuando pasó el momento más crítico, ni una silla en que sentarse, el refrigerador nadando en agua, no quedó colchón alguno, ni camas, nada, todo se había llevado el agua. Lo que se pudo rescatar, a base de sol durante cinco días, medio medio, pero los muebles deteriorados, viejos y nuevos se fueron nadando. En la colonia Nicolás Bravo, que queda a un kilómetro de la playa, quedó una verdadera desolación.

Las granjas acuícolas quedaron vacías, como si nunca hubieran tenido un solo camarón. Los testimonios dramáticos de los acuicultores abundan. “Todos hablan de lo que se perdió en la agricultura, de esto, de lo otro, pero nadie se acuerda de nosotros cuando nos hemos quedado en el hambre, con deudas y sin producto, perdimos más de 96 toneladas de camarón”.

Son miembros de la comunidad de Nicolás Bravo que enfatizan: “las autoridades locales hablan de pérdidas en el sector ganadero, en el sector agrícola, pero no se acuerdan de nosotros, nos ignoran”.

En el momento crítico del desastre, la comunidad compartió el drama de la señora a punto de parir, como pudieron, los vecinos la sacaron de Cospita y lograron llevarla a un hospital. La familia fue sorprendida por el diluvio en la carretera a la altura del kilómetro 126 y se guareció bajo los muros de un puente que amenazaba con derrumbarse; los cristales del coche se hicieron trizas y volaban por encima de padres e hijos agazapados para no herirse. “La fuerza del viento y del agua duró casi dos horas que aguantamos, dos horas inolvidables, como familia salimos más fortalecidos”.

En Casa Blanca, la familia de Amadeo vive pegada al arroyo. Allí, la señora cocina al aire libre, su casa perdió paredes y techo. Está a la intemperie, bajo los fuertes rayos del sol, sin un mueble, sin una nada.

Llegó ayuda de la Universidad Autónoma de Sinaloa, de los DIF estatal y municipales, del gobierno del Estado y del Grupo Universitarios en Acción, con agua purificada, ropa, medicamentos, despensas. Brigadas de salud de alumnos de quinto año de la Facultad de Medicina, de Enfermería de Psicología –que se incorporaron a las brigadas de la Secretaría de Salud– así como del Grupo Acir y otras instituciones educativas, también organizaciones, como Cáritas, de Banco de Alimentos.

Como la ayuda se entregó directamente a la gente afectada, sin intermediarios, fue posible aliviar un poco su situación. Quienes la entregaron en forma impersonal, en manos de los líderes, de esa ayuda ¡sólo Dios sabe en qué manos quedó! Ya hay denuncias de que en Cosalá la alcaldesa no entregó seis mil bultos de lámina que llegaron para entregar a los afectados. Eso es criminal "a río revuelto, ganancia de pescadores".

No hay probidad, por ello la resistencia para declarar esa región como zona de desastre, aunque lo sea, pues como no se establece un control de lo entregado existen desvíos criminales en tiempo de agobio.

Publicado: Noviembre de 2006 Año 2 / No. 17



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